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Les astronautes (1959) de Waleriam Borowczyk y Chris Marker
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12:02  - Il y a 2 ans
A punto de cumplir cincuenta años, Les astronautes marca la extraña conjunción de dos cineastas que después desarrollarían carreras completamente opuestas: Waleriam Borowczyk (1923 - 2006) se especializaría en películas eróticas de corte esteticista, normalmente bajo la excusa de un sustrato literario y Chris Marker (1921) se convertiría en un referente dentro del cine documental al plantear una serie de sugestivos mundos en los que mezclaba lo real y lo imaginario. No hay que olvidar que Terry Gilliam para construir el armazón de 12 monos (1995) se inspiró en un mediometraje de Marker, La jetée (1962). Les astronautes por su parte es una obra cuyo poderoso atractivo visual disimula un argumento propio de la imaginario fantástico de la época que hoy en día resulta un tanto anacrónico: un hombre que construye en su casa una máquina espacial y se lanza a hacer un viaje. Narrativamente heredera de la ciencia ficción clásica por su viveza y desfile de extravagancias (Brown, Dick, Matheson), donde más interesa este filme es en su elaborada estética visual ya que su trabajosa postproducción dio como resultado un producto único que influiría notablemente en dibujos animados posteriores, como por ejemplo las cortinillas y animaciones de los Monty Python realizadas por el mismo Gilliam o los mundos extravagantes de Karel Zeman o René Laloux, que en muchas de sus obras componían los dibujos como auténticos collages visuales. El otro factor interesante del corto es la viveza de su banda de sonido, compuesta fundamentalmente por ruidos electrónicos a los que se les dota de un sentido musical. Tal y como sucedía con películas coetáneas como Planeta prohibido (1956), la música electrónica se entendía como la música de vanguardia y del futuro, en particular la que reproducía los sonidos de la moderna tecnología. En fin, una buena muestra de que los dibujos animados no son patrimonio de Walt Disney y sus imitadores, al contrario, se componen de una infinidad de mundos de los que sólo hemos explorado una pequeña parte, como hace poco demostró el gallego Miguelanxo Prado en De profundis (2006).
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